Manifiesto de ACEB a los trabajadores del mundo

abril 30, 2020




Hace 154 años, un primero de mayo, los obreros del mundo, encarnados en los Mártires de Chicago, libraron una de las epopeyas más justas de la humanidad: la lucha por 8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de educación. Levantaron su voz para conseguir ver a sus hijos con luz natural, trabajaban entre 12 y 16 horas diarias. Los patronos, amparados por sus gobiernos, calificaron esta lucha como una sandez laboral. Vociferaron que eso era como pedir la paga sin trabajar. Pero esto no detuvo a los asalariados, se organizaron por doquier en sindicatos y asociaciones y ejercieron su mayúsculo poder, el cese del trabajo. Dejaron establecido, en la conciencia universal, que solo el trabajo es la fuente transformadora de los bienes que prodiga la naturaleza, la base real y material de la producción de riqueza. Siguiendo las ideas y la consigna que 20 años atrás lanzaran, en un manifiesto Carlos Marx y Federico Engels de ¡proletarios de todos los países, uníos!, se lanzaron a la acción y decretaron la huelga general.
La respuesta represiva del establecimiento produjo centenares de heridos y muertes y el ahorcamiento de sus líderes en un proceso judicial sumario Pero su lucha logró, años más tarde, la reducción de la jornada laboral, mejores condiciones de trabajo y conquistas en salud, educación y seguridad social que perduran hasta nuestros días. Murieron por un mundo justo, como lo gritaron con valentía y con honor ante el cadalso.
En el siglo y medio de transcurrir histórico desde ese glorioso primero de mayo, los trabajadores pasaron por numerosas vicisitudes de conquistas y derrotas. Construyeron Estado y controlaron gobiernos, padecieron dos guerras mundiales devastadoras, sufrieron el desempleo y el hambre por las recesiones económicas globales o nacionales, avanzaron en organización y en conciencia de clase, soportaron las envestidas del imperialismo opresor y el capitalismo salvaje sobre sus derechos y sus ingresos y, finalmente, enfrentan una crisis de sanidad que trajo aparejado el más grande confinamiento social y la mayor paralasis de la producción que el mundo haya conocido, con su inevitable desenlace de pérdida de puestos de trabajo, miseria, desigualdad y exclusión.
Por cuenta de un agresivo virus bautizado como covid-19, que se expandió a la totalidad del globo terráqueo, ha contagiado a 3.1 millones de personas y causado la muerte a más 229 mil de ellas, 86 países han entrado en confinamiento social total o parcial, con cierre de fronteras y del transporte nacional e internacional. Las consecuencias de esta medida para enfrentar la pandemia son hasta ahora incalculables. La economía detenida, el comercio mundial reducido a su mínima expresión, miles de millones de empresas en peligro de desaparecer, la mano de obra desempleada, informal e independiente sometida a privaciones y hambre y los trabajadores enfrentados al despido, la perdida de sus ingresos y al acoso laboral. A este panorama de emergencia sanitaria se le suma la caída del precio del petróleo y la recesión de la economía incubada desde décadas atrás.
La OIT anunció el 7 de abril que 1.250 millones de personas que trabajan en los sectores considerados de alto riesgo están en peligro de sufrir drásticos y devastadores aumentos en los despidos y disminución de salarios y horas de trabajo. Muchas de estas personas están empleadas en trabajos mal remunerados y de baja calificación, lo cual agravaría aún más su situación.
La tendencia mundial en esta crisis causada por la pandemia, expresada de manera especial en potencias capitalistas occidentales y los países pobres, es que los efectos económicos y sociales de la crisis recaigan sobre los hombros de los trabajadores y de las masas empobrecidas y marginadas. Por ejemplo, en nuestra nación el grueso de las medidas que el gobierno ha tomado, en medio de la pandemia, están orientadas a favorecer el sistema especulativo financiero, los grandes empresarios y terratenientes y los inversionistas extranjeros. Mientras tanto los trapos rojos, símbolo del hambre y la desesperanza, ondean en millones de ventanas de los barrios pobres de Colombia.
El proletariado internacional tiene ante sí un reto, tan grande o más, como el que tuvieron nuestros antecesores protagonistas de la efeméride que estamos conmemorando: el Primero de Mayo. Hoy como ayer, la parálisis industrial, así sea por orígenes diferentes, demuestra que somos los trabajadores la fuerza fundamental en la creación de los bienes y servicios que necesita la humanidad para vivir. Esa es la economía real, la base, el sustento de la humanidad, contra lo que los potentados mundiales del agio pretenden imponer, un nuevo orden mundial de élites supranacionales, basado en la economía del internet y la especulación y a contrapelo, los trabajadores y la población relegados.
El estallido creciente de protestas y manifestaciones a escala global retumbarán para honrar a los Mártires de Chicago. Un mundo mejor será posible. ¡Proletarios de todos los países, uníos!
Bogotá, 1 de mayo de 2020

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